J. k. Kovacs despertó. Un día más su aliento olía a mofeta humeda. Empezaba a ser algo habitual "no volveré a beber nunca más. Y tampoco volveré a cenar mofetas humedas". Se levantó de la cama y entonó su letanía habitual:
"si mi abuelo fuera mi abuela ya no sería mi abuelo sería mi abuela".
Esto siempre le hacía sonreír. Desde que su abuelo se lo enseñara allá por 1925 ( en realidad no fue su abuelo sino su abuela) le gustaba empezar el día con esta estupidez.
Su primera mujer nunca lo entendió "
de Kovacks me sacaban de quicio dos cosas: no saber su nombre y esa estúpida frasecita que recitaba todas las mañanas antes de desayunar". J. k. Kovacs sonrío al recordar a Hertha. Se casaron muy jóvenes, ella quedó embarazada y a Kovacs le salieron amígdalas cerebrales. Su matrimonio nunca pudo superar las gárgaras craneales que Kovacs tenía que hacer todas las tardes noches para mantener limpias las amigdalas.
De su segunda mujer, Hertha, Kovacs apenas recordaba nada. Era extraño, puesto que se había casado con ella la tarde anterior. Así era Kovacs. Tenías que quererlo u odiarlo.
Su tercera mujer, Hertha, lo odiaba. "¿Kovacs? ¡Los cincuenta años más amargos de mi vida!. Si no fuera por él yo ahora sería barítono".
Kovacs se mesó los cabellos. Observó el macarrón pegado entre sus dedos.
"Debo llamar a mamá"
Se encaminó a la cocina.